
Abrecaminos
«El paisaje se piensa en mí y yo soy su conciencia».
Paul Cézanne
Tenemos la creencia de que las plantas son no solamente estéticas sino estáticas debido a que, a diferencia de otros seres, carecen de pies, sin tomar en cuenta que las plantas migran. El jitomate (Solanum lycopersicum), considerado la hortaliza número uno en exportación en México¹, es un fruto de origen andino con más de 2,600 años de existencia; el cacao (Theobroma cacao), ingrediente elemental de la gastronomía mexicana, es un fruto venido del Ecuador; la jacaranda (Jacaranda mimosifolia) , árbol de flores lilas, es una especie migrante, traída desde Sudamérica durante los años cincuenta del siglo pasado, pero que se ha adaptado al Valle de México, donde se le considera parte esencial de la flora mexicana contemporánea. Estos son algunos ejemplos de que las plantas no son estáticas, sino que se adaptan y proliferan en contextos distintos al originario llegando a inclusive ser confundidas en la vegetación nativa, esto mismo sucede con las personas y seres que salen de sus contextos originarios habitando otros espacios.
Tras haber participado en el programa educativo SOMA en la Ciudad de México (2019 – 2021), Juan Carlos León (Guayaquil, 1984) encontró un vínculo estrecho y paralelo entre su condición de migrante, las plantas y los ritos que se han peregrinado a lo largo de los siglos en nuestro continente.
De la misma manera, creemos que las tradiciones y los ritos —casi de una forma ancestral— están tallados en piedra, y que su naturaleza, así como sus elementos, son inalterables, ignorando que éstos se transforman de acuerdo al contexto y naturaleza de quienes lo rehacen en cada región, manteniéndolos vigentes y en constante cambio.
En este sentido, el cosmos creado, recordado y transformado por Juan Carlos León no existe una sola experiencia humana que sea universal, sino diversos mundos coexistiendo al mismo tiempo: una experiencia humana pluriversal, donde cargamos —no en una maleta, sino en nuestras mentes y cuerpos— nuestras guerras, creencias, hambrunas, cicatrices y canciones de cuna, nuestros ritos, esquejes y tallos.
En analogía, Juan Carlos habla de la migración con un acto tan natural como poético —como el paso del viento o el vuelo de los colibríes entre una flor y otra—, León evoca la incertidumbre de la semilla no plantada, sino dejada sobre el suelo, con la esperanza de enraizar y crear a su alrededor nuevos biomas, nuevos ritos (o los mismos ritos), con las mismas o con distintas plantas.
León, a través de su práctica, comprende la voluntad de lo ya existente al transformarlo y hacerlo propio: desde la preexistencia de un jardín y sus habitantes hasta las flores abandonadas en el interior de una casa. Por medio del dibujo y la escultura, Juan Carlos emprende una búsqueda personal de una nueva forma de representación botánica alejándose de los cánones europeos impuestos en América latina desde la colonia.
Al transformar las flores o ramas en objetos perennes a través del hierro y la herrería , captura la esencia y el espíritu de estos ritos, ejemplificado con el “Abrecaminos”, rito central de la exhibición que rige y moldea los inicios, las decisiones y los porvenires. Así, los ritos aquí reunidos representan, al mismo tiempo, un ejercicio de mutación y resistencia: rituales que se piensan en nosotros mismos y que, a través de la contemplación, nos cambian.
Texto: Manuel Tuda











